jueves, 22 de abril de 2010

LA NOVELA; TERCERA PARTE:

          
    Allí la dejé, en la escalera y con la palabra en la boca, esperando impaciente que la persona que acababa de llegar al edificio fuese su hijo. Yo cerré la puerta de mi casa y me quedé tras ella observando por la mirilla, con la oreja pegada a la fría madera  e intentando  escuchar lo que le iba a contar a su madre.
-         Berto, me ha dicho José que os habéis peleado. ¿Es verdad eso?- repitió histérica. Sus gritos retumbaron de forma atronadora por todo el edificio ayudados por la acústica casi eclesiástica de la caja de la escalera y el envolvente silencio reinante a esas altas horas de la noche. Hasta la más mínima respiración parecía multiplicarse en aquel portón.
-         Mama, no tengo ganas de hablar ahora. Es muy tarde, mañana te lo explicaré. ¿Vale?- contestó Berto visiblemente consternado.          
-         ¡Ni mañana, ni leches! Quiero que me cuentes ahora mismo qué ha pasado. Este tema tiene que quedarse aclarado lo antes posible. ¿Por qué te has peleado con José? ¡Sí sois como hermanos!
-         Bueno, pues los hermanos también se pelean. Y ya te he dicho que no voy a hablar más de ello. Creo que soy lo bastante mayorcito para resolver solo mis problemas, ¿no?- apostilló Berto mientras subía las escaleras sin hacer caso a su madre. Después escuché la puerta de su casa cerrarse bruscamente, acabando con aquel portazo la noche en la que perdí una entrañable amistad.

            A pesar de ser altas horas de la madrugada me duché para poder quitarme las manchas de sangre que llevaba por todas partes, aquel energúmeno sangró tanto que me puso completamente perdido. Aparte de la herida que me hizo en el labio (que también chorreaba lo suyo), mi dedo se hinchó como una morcilla y apenas podía moverlo. Después me acosté y apagué la luz de mi dormitorio. Quería estar a oscuras y no ver nada ni a nadie, necesitaba cerrar los ojos y que aquella maldita noche acabase de una puñetera vez. Sin embargo, por más que lo intenté no pude pegar ojo en toda la noche, no conseguí quitarme de la cabeza todo lo que había ocurrido y el simple sonido de mi respiración retumbaba en mis oídos como si fuese una campana. No me perdonaba no haberme dado cuenta de que mi amigo era homosexual.
          Aquella ducha fría me hizo recapacitar sobre la cantidad de burradas que le había dicho y en lo duro que fui con él; pero… es que me pilló de improviso y no me lo esperaba. Resultó un trago muy duro de digerir porque nunca sospeché que a Berto le pudiesen gustar los hombres. Mi mejor amigo era un auténtico desconocido para mí, tenía miedo de contarme sus intimidades. Y si era así tal vez fue porque no se sinceró conmigo como yo lo hice con él. Sé que no tenía que haberle recriminado nada, pero me cogió en caliente y perdí el control; dije cosas que no pensaba; y si realmente las pensaba tampoco debería de habérselas dicho. En fin, ya todo estaba hecho y no había vuelta atrás. Lo mejor era que cada uno siguiese su camino y no estimé conveniente que los nuestros se cruzasen de nuevo. Él debía hacer su vida y yo la mía.    
          La mañana siguiente me quedé en pijama; quería aprovechar ese sábado para estudiar un rato. Los exámenes estaban a la vuelta de la esquina y debía de hincar los codos si quería aprobar para ir a la universidad. Sin embargo, ocurrió todo lo contrario. Por mucho que intenté leerme los apuntes no hubo manera de centrar mi atención en ellos, no conseguí quitarme del coco lo ocurrido en la noche anterior. Mis sentidos se encontraban más pendientes de si sonaba el timbre de casa que de aquellos libros. Algo muy dentro de mí esperaba con ansiedad que en cualquier momento  apareciese por allí, que llamase a la puerta. La verdad es que nunca antes me había parado a pensarlo, pero aquel, que yo recuerde, fue mi primer día sin Berto. Sentía que me faltaba algo y era como si me hubiesen amputado una parte de mí, pero… no un simple brazo o una pierna; si no algo mucho más profundo, más doloroso, como arrancado de donde más me dolía, extirpado de mi propio corazón.
         Llegué incluso a pensar si también yo me estaría volviendo gay, pues no pude dejar de pensar ni un solo momento en él, en qué estaría haciendo y cuándo me lo volvería a encontrar.
        De repente sonó el timbre, y aunque estaba desando abrir, permanecí inmóvil sentado en mi escritorio como si no lo hubiese escuchado. Rápidamente, mi madre se apresuró a abrir la puerta, mientras que yo intentaba agudizar el oído para escuchar de quién se trataba aquella enigmática visita. Aunque…, para desconsuelo de mi estúpido ego, no era Berto, sino algo peor: su madre. Ésta se acercó con la intención de hablar con la mía para informarle concienzudamente de lo sucedido. Mi madre, tras escucharla, no tardó ni un segundo en llamarme exigiendo urgentemente mi presencia ante ellas. Como es lógico, yo obedecí sumiso y abandoné mi habitación rumbo hacia el inevitable e improvisado interrogatorio de la entrada.
-         ¡Buenos días!- dije con cara de no haber roto un plato en mi vida, mientras ellas clavaban sus miradas sobre la herida de mi labio.
-         José, ¿es verdad que anoche te peleaste con Berto?- preguntó muy seria mi madre.
-         ¡Sí! Así es.
-         ¿Y por qué?
-         A eso no os voy a responder. Es un problema exclusivamente nuestro, y cuando veamos conveniente lo arreglaremos.
-         ¡No seas grosero, José! Cuéntame ahora mismo qué ha pasado- insistió mi madre.
-         Te he dicho que no, y si queréis saber algo, preguntárselo a él. Yo no tengo nada más que decir.- les dije mientras regresaba de nuevo a mi dormitorio.

      Y allí se quedaron las dos, intentando encontrar una respuesta a esa inesperada pelea. No se podían imaginar por qué extraña circunstancia nos habíamos enfadado o a qué se debería nuestro repentino desencuentro; aunque…, si de algo estaba seguro, era   que ninguna de ellas adivinaría nunca la verdadera causa de nuestro distanciamiento.
      Ni yo mismo lo hubiese sospechado jamás; y si no llega a ser por aquel desgraciado del bar, en la vida me hubiese percatado de que a Berto le gustaban los hombres. Nunca noté en él ningún amaneramiento ni ningún gesto afeminado que hubiese delatado su orientación sexual. Siempre se comportó como yo, como cualquier chico de nuestra edad, e incluso diría que salió con muchas más chicas que yo. Aunque…, pensándolo detenidamente, ahora que lo puedo ver desde la distancia, a Berto nunca le duraban más de una semana sus rolletes. Imaginé que sería porque había puesto el listón muy alto y esperaba que llegara a su vida alguna chica espectacular. Resultaba de lo más normal que a su edad picoteara en varios jardines para   encontrar esa bella flor que tanto deseamos los chicos. Por eso ahora creo entender lo que realmente le sucedía, supongo que aunque lo intentase con una y otra chica, ninguna de ellas le llenó los suficiente porque en su interior, en lo más profundo de su ser, no era eso lo que realmente buscaba. Creo que si me lo hubiera explicado lo hubiese comprendido mejor, y, seguramente, le habría ayudado a resolver todos sus problemas internos, todas esas dudas que se guardó para él solo y que nunca se atrevió a contarme.
    Pasó aquel interminable fin de semana y llegó el jodido lunes. Si, jodido de verdad: era el día del examen final de matemáticas. Y yo seguía sin haber podido centrarme en el temario. En mi cabeza sólo existía un problema y no era precisamente de álgebra, por lo que aquel día fui a examinarme igual que un pavo  entra en una cocina el día de navidad, sin plumas y con el cuello preparado para que se lo corten. Me senté en mi pupitre en el más riguroso de los silencios y con el bolígrafo en la mano. A mi lado se encontraba su mesa, estaba vacía, o, más bien, debería decir desierta. Y resultaba muy raro que no estuviese  allí porque  si de algo pecaba  era de una exagerada puntualidad.  Procuraba estar siempre cinco minutos antes de cualquier cita; y por tanto, si su asiento se encontraba vacío, sería porque no se iba a presentar al examen. Imagino que no había podido estudiar con todo el lío del fin de semana, aunque tampoco tenía mucho que estudiar ya que las mates se le daban tremendamente bien.
   El profesor, a la hora señalada, comenzó a repartir los folios con las preguntas; cuando, de pronto, apareció. Pidió permiso para entrar y se dirigió a su mesa. Yo, al verlo, me sentí avergonzado y agaché la cabeza evitando cruzar nuestras miradas. En cambio él, en cuanto se sentó, lo primero que hizo fue saludarme:
-         ¡Hola, José!
             Yo, por supuesto, no le contesté. Mi arrogancia era mucho mayor que  nuestra antigua amistad en aquellos momentos, y el saludo que me brindó quedó sin respuesta. ¡Fue una pena! Porque era una oportunidad que gentilmente me ofreció para  zanjar nuestro enfado y que yo, absurdamente, deseché.
             Comenzó el examen, y mientras yo mordía pensativo el boli, Berto respondía rápidamente a todas las respuestas. Su facilidad para esa asignatura era bestial y en apenas media hora ya había terminado de responder a todas las preguntas. En cambio yo continuaba mareando la perdiz, buscando las preguntas más fáciles y dejando para después las más complicadas; vamos, que dejé casi todas sin responder. Y fue entonces cuando Berto me chistó y colocó su examen de manera que me resultasen visibles todas las respuestas de aquella atragantada asignatura. Como siempre solía hacer al terminar sus exámenes, en vez de entregarlo y marcharse, esperó a que me pudiese copiar para intentar ayudarme. Pero ni ese noble gesto ablandó mi orgullo. Cogí mi examen casi en blanco y se lo entregué al profesor. Prefería suspenderlo antes de aceptar su ayuda, y envuelto en un gran halo de soberbia abandoné la clase y me marché a la cafetería del instituto. Por ningún motivo quería tener que darle las gracias a un traidor.
          No había pasado ni un minuto cuando apareció por allí, pero, lejos de acercarse para hablar conmigo, se dirigió hacía un grupo de chicas de nuestra clase que como nosotros ya habían terminado también el examen. No me miró en ningún momento, y aunque lo hubiese hecho, cosa que yo deseaba, le habría evitado. Lo que sucedía era que él me conocía muy bien evitó darme el gusto de verle preocupado por la ruptura de nuestra amistad. No paró ni un instante de hablar con ellas y sonreír como si se encontrase de maravilla, sin mostrar ningún tipo de preocupación o remordimiento.
            De esa manera pasamos toda la última quincena de instituto, evitándonos el uno al otro, hasta que por fin llegaron las esperadas vacaciones. Yo suspendí cuatro asignaturas y tuve que dejar para septiembre la selectividad; y como de costumbre, me fui al piso que mi abuela tenía en la playa. Fue el primer verano que llevé arrastrando asignaturas pendientes y me encontraba un poco quemado por todo lo sucedido en aquel final de curso. Sin embargo, no quería que nada ni nadie me estropeara ese esperado veraneo: el de mi mayoría de edad.

2 comentarios:

  1. Compadre Cuty, te iba a pedir me enviaras la novela, pero quise igual que Angello poco a poco disfrutarla, sin embargo la falta de concentración aun para leer no me dejo hasta el día de hoy lograrlo, asi que he leido las 3 partes y sigo con la expectativa de la siguiente parte.

    Un abrazo compadre :D

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  2. Espero lo que sigue, está muy interesante. Quiero saber que le pasa a Berto.



    Saludos.

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