miércoles, 21 de abril de 2010

LA NOVELA; SEGUNDA PARTE:


Espero la disfruten.

   La Febril Adolescencia.
   Nuestra infancia resultó de lo más normal, y sin darnos apenas cuenta nos vimos abocados ante las puertas del instituto. Aquello sí que resultó un cambio brutal, un repentino aire de libertad. Los profesores te concedían más espacio para ser tu mismo y creo que fue donde por primera vez me sentí adulto, mucho más independiente. Las chicas vestían de manera diferente, como más desinhibidas, donde sus reducidas faldas y sus adolescentes pechos comenzaban a brotar como un desbordante manantial de agua fresca.
    Una suave oscuridad nació bajo mi nariz indicándome que pronto llegaría la hora de afeitarme. Y la verdad es que no me favorecía mucho aquella suave pelusilla, pero mi abuela no quería que me la quitase porque decía que con ella perdería mi inocencia. Ahora, después de tantos años, es cuando he comprendido su sabías palabras; y debo decir que llevaba razón, pues aquellas cuatro pelos fueron el punto de partida de una nueva etapa en mi vida.
      Un día, tras varios meses de curso, Berto y yo quedamos con un par de chicas para tomar café. Yo me encontraba eufórico. Iba a ser mi primera cita y si cierro los ojos aún me parece estar viendo la cantidad de veces que me cambié de ropa y la indecisión que tenía por qué ponerme para causar buena sensación ante aquellas dos chavalas. Todavía siento que puedo oler el perfume varonil de aquella botella de Barón Dandi de mi padre que gasté en una sola tarde. Bueno, aunque…si debo ser sincero, con quién realmente quedaron aquellas chicas fue con mi amigo, porque él si que resultaba un chico verdaderamente guapo, de esos que llaman la atención. En cambio yo era más bien del montón, más normalillo, pero con más labia que un feriante en una tómbola.
     Si hurgo en mi memoria aún retintinean en mis oídos nuestra importantísima conversación:
-         Berto, ¿a qué hora hemos quedado?
-         Sobre las cuatro y media, en el Menphys.
-         ¡Jo, tío, qué suerte! ¿Cuál te pides tú?-me adelanté a preguntar.
-         A mí me da igual, son las dos muy guapas- respondió Berto sin darle mayor importancia.- Además, sí es sólo para tomar café.
-         Ya lo sé, pero… si luego surge algo, ¿qué?
-         ¿A ti cuál te gusta, José?- me preguntó con una picaresca sonrisa.
-         Hombre, si me das a escoger… me quedo con Manoli, que tiene unas cacho de peras que no veas- contesté sin vacilar.
-         Tío, estás más salido que el pico de una mesa.
-         Dímelo a mí, que estoy todo el día metido en el cuarto de baño “dale que te pego” - le repliqué con una amplia sonrisa.-. Fíjate que creo que mi madre se huele algo y está controlando las veces que entro al cabo del día.
-         ¿Qué dices? Pero… ¿cuántas veces lo haces?
-         Yo que sé, depende del día.
       
           Los dos comenzamos a reírnos y a partirnos de risa por la conversación tan enriquecedora que teníamos en esos momentos, aunque lo cierto es que no necesitábamos mucho para soltar una carcajada y con cualquier mínima tontería ya estábamos riéndonos. El caso es que aquel día, después de tomar café con aquellas chicas, él se marchó con Manoli, la más exuberante, y yo me quedé con Elena, una chica muy simpática, pero más plana que un tablero de planchar.
          Nos fuimos a la alameda, y aunque no había hojas secas caídas por el suelo ni los pájaros trinaban como cuentan en las novelas de amor, aquel paseo resulto bastante romántico. Los dos, tanto ella como yo, sabíamos que al final de aquella cita nos esperaba un beso, y cualquiera de las absurdas conversaciones que mantuvimos no hicieron nada más que retrasar ese esperado momento. Aquel fue mi primer beso, quiero decir en la boca, y no estuvo del todo mal ya que estuvimos una media hora intercambiando flujos bucales y terminé mi cita con los labios casi escocidos. Supongo que lo lógico hubiese sido acercarme lentamente a sus labios mirándola fijamente a los ojos, pero la impaciencia me ganó la partida y la atropellé bruscamente con mi boca. Me abalance sobre sus sonrosados labios y los hice míos.   
          Más tarde, cuando de nuevo nos volvimos a reunir en el portón de nuestro edificio, le pedí que me narrara con todo lujo de detalles cómo le había ido con Manoli. Pero para mi asombro Berto no había intentado ni meterle mano; simplemente se limitó a charlar con ella y a darle un pequeño pico al terminar. ¡Joder, qué tonto!- pensé-. Con las tetas que tenía la chavala y lo guapo que era él. Si llego a estar en su lugar esa no se escapa viva. Pero bueno, la vida era así de injusta y estaba tan mal repartida…
           Nuestras peripecias en el instituto fueron innumerables y seguramente darían para escribir otro libro, aunque en lo que de verdad me quiero centrar es en nuestra amistad, en esa entrañable relación que, año tras año, se afianzaba más. Todo transcurrió en los cauces normales de lo que se podría decir una juventud normal y corriente, hasta que llegamos a los fatídicos dieciocho años, fecha en la que estábamos acabando el instituto e inevitablemente pronto llegaría el camino de marcharse a la universidad.
            Mis notas eran mediocres y casi siempre pasaba de curso arrastrando alguna que otra asignatura suspensa. En cambio Berto era todo un empollón, el mejor de la clase, y también sería justo decir que gracias a él aprobé más de un examen. Siempre me explicaba pacientemente las mates y la física, asignaturas que se me atragantaban una y otra vez; aunque él siempre ponía todo su empeño al explicármelas para que pudiese aprobarlas.
           Así, hasta que llegó aquel fatídico junio, época de los últimos exámenes de fin de curso y de las duras pruebas de selectividad. Y recuerdo perfectamente que fue un viernes cuando decidimos salir a dar una vuelta por las tascas de moda para tomarnos unas copas e intentar descongestionar un poco nuestras saturadas mentes de tanto estudio. Nos fuimos a donde se encontraba toda la movida, y aquella noche, y sin esperármelo, mi vista se cruzó con la de una bonita y atractiva muchacha.
           Se trataba de una guapa morena que no dejó de perseguirme con la mirada. Sus oscuros y felinos ojos combinaban perfectamente con una esmerada sonrisa que dejaba entrever su alineada dentadura. El caso es que no pude dejar de mirarla porque aquellos labios húmedos brillaban bajo las tenues luces de aquel local y parecían invitarme sinuosamente a que me acercara.  
          Decidido, tomé aire, me aparté el flequillo, y muy lentamente me acerqué hasta ella. Sin pensármelo, me presenté y le susurré al oído que no sabía por qué extraña razón no podía dejar de mirarla, que me había cautivado con sus misteriosos ojazos. Después comenzamos una graciosa conversación donde yo intentaba decirle todo lo que ella quería escuchar y ella, a su vez, sonreía asintiendo con agrado a todo lo que yo le decía. Vamos, ¡de cine! Todo marchaba sobre ruedas, tan suave como la seda, y si no pasaba nada raro…, la tenía en el bote. ¡Qué suerte!- pensé por unos instantes-. Pero la alegría duró el tiempo justo que tardó uno de sus amigos en acercarse a nosotros para hacerme una fatídica pregunta que sin esperármelo cambió toda mi vida:
-         ¿Tú no eras también maricón?
-         Perdona, ¿cómo dices?- le contesté un poco descolocado por aquella desconcertante pregunta.
-         Nada, hombretón. Como siempre te he visto con Berto, pensaba que a ti también te gustaban los tíos.

     Yo no respondí, directamente le pegué un puñetazo con todas mis fuerzas en su cara de cretino. Un golpe con el que creo que le partí la nariz, pues sangró como un cerdo en una matanza; y sin apenas darme cuenta me encontré envuelto en una pelea descomunal. Volaron sillas, botellas y todo lo que pillamos a mano. Y de la joven muchacha con la que había comenzado a charlar, nada de nada, desapareció como por arte de magia. Resultado: un dedo de mi mano derecha fracturado y el labio roto; y Berto, algún que otro rasguño y todos los botones de la camisa arrancados. ¡Ah! Pero eso sí, nuestro orgullo y honor bien alto. Como comprenderéis, nos marchamos del local antes de que viniese la policía, si se enteraban mis padres de aquel tremendo lío seguro que me dejaban sin vacaciones de verano. ¡Menudo era mi padre!
     Después regresamos apresurados a casa y con una pinta más que lamentable. El camino de vuelta resultó un tanto tenso porque no sabía que era mejor, si preguntarle a Berto sobre lo que me dijeron o esperar a que él sacase el tema. Y sucedió lo segundo:
-         ¿Qué ha pasado? Te has puesto como un loco a pegar hostias a todo el mundo- preguntó sorprendido.
-         Es que aquel desgraciado se ha acercado a mí y me ha vacilado. Y para guasearse de mí le faltan cojones a ese y a siete más como él- le contesté intentando tomar un poco de aire para recuperarme de aquel agitado trance.
-         Pero, José, creo que le has partido la nariz. Sangraba como una bestia, tío.
-         ¡Me da igual! Así cada vez que se cruce conmigo se lo pensara muy bien antes de decirme algo.
-         ¡Creo que te has pasado!- exclamó Berto-. ¿Tampoco sería para tanto?
-         ¿Sabes qué me ha dicho el gilipollas ese?-le pregunté muy alterado-. Me ha insinuado que éramos maricones. ¿Será posible? Si nada más que de pensarlo me dan ganas de ir otra vez a buscarlo y partirle la cara.
-         Bueno, tranquilízate. Tampoco ha dicho nada del otro mundo. No tendría nada de malo…que te gustasen los hombres. Hay mucha gente que le pasa.
-         ¿Estás de broma? ¿Qué coño estás diciendo?- le recriminé. No podía creer lo que acababa de escuchar.
-         ¡Venga! Cálmate, José.
-         ¿Cómo que me calme? ¿Qué es lo que está pasando? A ver si ahora va a resultar que de verdad eres maricón y yo no lo sabía.- le grité enfadado, completamente fuera de mí.
     
            Pero Berto, en vez de negármelo rotundamente, amagó la cabeza y apartó la mirada. Aquel inesperado silencio heló por un instante mi acalorado corazón. Su muda respuesta me indicó que aquel gilipollas del bar no se equivocaba; porque para mí, con razón o sin ella, el desconocido que interrumpió mi conversación con aquella chica seguía siendo un tonto a las tres. No que podía creer lo que estaba sucediendo, y lo peor, no sabía cómo actuar ni qué decir.
      -   ¡Joder, Berto! No me digas que es verdad.
-         Me temo…que sí- me dijo con la voz entrecortada.
-         Mira, Berto, lo último que necesito esta noche es una broma de ese tipo. Así que no me jodas y cuéntame qué coño está pasado
-         No está pasando nada, simplemente que lo que te han contado es verdad.
-         Ahora resulta que me he partido el labio para nada. Se supone que eres mi mejor amigo y no me cuentas nada, que no sé nada de ti. Todo el mundo sabe que eres un puto maricón menos yo.
-         José, déjame que te lo explique…
-         ¿Qué me vas a explicar?-grité-. ¿Qué no confías en mí? Me has estado ocultando una cosa tan importante y ahora quieres que te crea. Creo que no me merezco esto. Te he tratado siempre como un hermano y me he partido la cara mil veces por ti. Además, sabes muy bien que nunca he dado un paso sin antes consultártelo. Y ahora, precisamente ahora, me entero que realmente no sé nada de ti.

            Berto, en silencio, comenzó a llorar. Supongo que por las groseras palabras que escupí por mi miserable boca; pero es que, a decir verdad, en aquel momento me sentí completamente traicionado, puede que incluso hasta perdido. El mundo se me vino encima e imagino que me asusté.
           Por unos instantes perdí la noción y me encontré en medio de una espesa niebla de sin sentido. Una inesperada nube de incomprensión nubló nuestra amistad y sentí pánico por él, por el lío donde se estaba metiendo; por el jaleo que se montaría en cuanto se enterasen en su casa. Y por mí, por no saber cómo manejar aquella situación. Todo aquel inesperado cúmulo de incertidumbres cegó repentinamente mi mente. Me bloqueó. Y encima comenzó llorar. Y aunque parezca mentira, era la primera vez que lo hacía delante de mí. Había compartido con él risas, bromas…, pero llorar, nunca lo había visto llorar. Y fue precisamente eso, el contemplar sus lágrimas resbalar por su desconsolado rostro, lo que me empujó a continuar aún más con mi hiriente discurso:
-         Ahora comprendo porque te gustaba tanto ir al gimnasio. Supongo que disfrutabas viendo a todos los tíos en bolas bañándose; aunque la verdad, no sé si debo darte las gracias por no haberte aprovechado cuando me amagué para coger el jabón. Todavía no sé qué me duele más: si que me lo hayas ocultado o que te gusten los tíos. Te juro que por más que lo intento no lo entiendo, pero lo que si tengo muy claro es que no quiero volver a verte más. ¡Ni se te ocurra pasar por mi casa!

           Dicho esto, me giré y me marché corriendo, sin mirar atrás. Quería escapar como fuese de aquella desidia, de aquel burdo engaño. Ese que estaba allí conmigo no era mi amigo y sentía que no lo conocía, por más que lo miraba sólo veía a un extraño, alguien completamente desconocido.
            Y él se quedó allí, solo, completamente destrozado, sentado en un sucio portal y llorando por la terrible puñalada que su mejor amigo le acababa de asestar en su frágil corazón.
            Yo continué corriendo, sin concederme un pequeño respiro para descansar; solamente deseaba llegar a casa para meterme en la cama y pasarme toda la noche llorando. Sí, habéis leído bien, llorando. Por mi ofuscada mente comenzaron a pasar miles de preguntas, infinidad de dudas que no encontraban respuestas, un enorme saco de cuestiones indescifrables para una joven e inmadura mente como la mía. ¿Por qué me lo había ocultado? ¿Cómo cojones le podían gustar los hombres con lo hermoso que resultaba ver a una tía buena desnuda? ¿Con quién saldría ahora yo de marcha?
          No sólo acababa de perder a mi mejor amigo porque con él también se marchó mi colega de siempre o mi inseparable hermano. No podía imaginarme cómo sería la vida sin él y, supongo, que fue en ese preciso momento cuando realmente me di cuenta que todo lo habíamos hecho juntos. A veces uno no se da cuenta de lo que tiene hasta que no lo pierde. Siempre creí que él sería parte de mí, algo mío; pero ahora, muy a mi pesar, me daba cuenta que debía de prescindir de esa parte tan importante de mi vida.
          Por otro lado, no podía evitar preocuparme por él, por si sus padres se enteraban. ¿Qué pensarían? ¡Madre mía! Cuando lo descubriese su padre con lo chapado a la antigua que era, la que iba a liar. ¡Seguro que lo echaba de su casa! Además, sólo faltaba que mis padres creyesen que yo también era maricón, y entonces… ¡sí que la habíamos liado!
          Sumido en ese complejo mar de dudas llegué a mi calle, y no había puesto el pie en la entrada del edificio cuando su madre se apresuró a asomarse por el hueco de la escalera para preguntarme por él. Estaba acostumbrada a que viniésemos juntos y el hecho de verme llegar solo le extrañó muchísimo.
-         ¿Y Berto? ¿Cómo es que no viene contigo?- preguntó sin dejar de mirar si entraba detrás de mí.
            Yo me acerqué lentamente hasta la barandilla, en silencio, y fue entonces cuando su madre pudo ver los arañazos de mi rostro.
-         ¿Qué ha pasado, José? ¿Le ha ocurrido algo a Berto?- me preguntó muy apurada.
-         ¡No! No se preocupe, Berto está bien. Simplemente nos hemos enfadado y… hemos llegado a las manos.
-         José, ¡haz el favor de decirme la verdad!
-         Ya se lo he dicho, hemos discutido y… cada uno se ha marchado por su lado- le contesté visiblemente nervioso, pero no quise quedarme hablando con ella más tiempo porque sentí que alguien abría de nuevo la puerta del portón del edificio-. Bueno, si no le importa, voy a acostarme. ¡Buenas noches!

2 comentarios:

  1. hola cuty! no sabia que escribias novela!!! llegue a la mita y me gano el cansancio pero prometo seguirle!!! gracias por visitar mi blog y creo que ya te contestaron un comentario jejeje
    saluditos amigo

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  2. Hola Cristy
    Gracias por tu visita.
    Y no, no la escribí yo, la escribió un amigo español, es en realidad una parte de su vida, el narra lo que le pasó de verdad, esta muy buena, te la recomiendo, ojala la puedas leer todos los días, completa son como 125 paginas, todos los días voy a publicar parte de la historia hasta que acabe.
    Ahorita voy y checo la respuesta que me dejaron en tu blog.
    Que bueno que estas súper feliz, sigue así y cuida a ese hombre que te hace feliz, cuídalo mucho que están muy escasos. Esos no los encuentras a dos por un peso.

    Saludos y un abrazo fuerte.

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